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Sé que las estrellas chisposas brillan solas, pero yo no les he visto el cable y nadie se va a subir ahí arriba para ponerles las pilas. Pero sé que hubo una vez un planeta, fue hace tanto... que todavía no existía el diccionario para llamar al tiempo 'tiempo'. Los que habitaban allí vivían felices porque ocurría algo muy extraño: llovía a colores.
Los días de borrasca no eran grises sino llenos de color. Los pinceles invisibles plasmaban el arte en los cristales sin ánimo de lucro y de cualquier manera. Enseguida las madres cogían un trapo para borrar el arte natural de un manotazo y sólo se enfadaban cuando los niños volvían a casa con el chubasquero chorreando. Los obligaban a quedarse en la puerta y no les permitían pasar hasta que no estuvieran bien escurridos. Entonces entraban. No había paraguas negros. Negra era la noche, incluso si llovía, los colores no se podían ver. Los habitantes entonces se angustiaban y llegó el momento de hacer algo para dar luz a la noche y espantar el miedo. Lo intentaron con las luciérnagas, pero no podían volar tan alto, enseguida se cansaban y caían en picado contra las hojas del suelo. Se levantaban mareadas y se negaban a subir otra vez para que les diera un síncope. Había que pensar en algo, a ver, ¿cuál es la luz más potente de todas? ¿Qué brilla más-que-infinito?
Todos se pusieron a imaginar y a soñar. Por todas partes surgieron hebras luminosas que se estiraban por el suelo. Algunas eran filamentos de lejanos sueños infantiles que se iban extendiendo. Otras sedas traían el brillo de viejos recuerdos dorados. También lucían nuevos hilos inventados que se entrelazaron con el resto. Cuanto más imaginaban, más hebras salían, y con todas ellas se pusieron a tejer. Así siguieron trabajando duro, fantasía por aquí, costura por allá. Como el vestido del sol era tan largo que tenía para rato decidieron pedirle un trozo. Lo difícil fue cortar y coser los pedazos con hilo imaginario.
Cosiendo y creando acabaron el tejido de las estrellas y la noche bronceada se llenó de pecas. La angustia que se sentía por la noche se tornó felicidad al ver cómo las estrellas subían y ocupaban su lugar como si de un árbol de Navidad cósmico se tratara. Algunas cayeron al agua y cambiaron de color, claro que esto a todos les pareció bien porque, al fin y al cabo, el mar sabe muy bien guardar los sueños.
Se acabó el miedo nocturno y los habitantes rieron contentos: "Sólo hace falta un poco de fantasía para hacerlas chispear".
Sé que las estrellas siempre están ahí, pero a veces no se ven. Tendrá que ver con lo de los cuerpos celestes que desprenden energía electromagnética, luminosa y calorífica, que se produce por las reacciones nucleares que ocurren en su parte interna. No sé. Si una estrella no se deja ver, a lo mejor es que alguien se ha roto por dentro y ha dejado de soñar.