Archivado en: 2. Relato
La verdad es que cuando vi ese cuadro no me dieron muchas ganas de manifestarme. Ahí estaba la reventada de mi mujer; y Doly, mi secretaria; y la basura de mi socio; y la médium de siempre y su ayudante; y una mujer morena que no había visto en mi vida. Estaban sentados en la mesa redonda, tomados de las manos; y el ayudante estaba parado a un costado, tenía una postura levemente encorvada y las manos en los bolsillos. Yo estaba de brazos cruzados apoyado en la pared a un lado del aparador.
- ¿Por qué no dejamos estas boludeces y nos jugamos un truquito? -dijo con sorna la basura de mi socio y la reventada de mi mujer le festejó la gracia.
- Silencio -dijo la médium-, siento su presencia.
- ¿Estás ahí Freitas?
El cuarto estaba en penumbras, iluminado por cuatro candelabros dispuestos en cada uno de los vértices de la habitación. Tenía una alfombra terracota en el centro, sobre la que descansaban las sillas y la mesa, y el resto era el piso de pinotea. Tres tapices persas decoraban las paredes y sobre el aparador se acumulaban un sinnúmero de estatuillas míticas.
La médium mantenía los ojos cerrados y tenía fruncido el ceño; mi secretaria la imitaba. La mujer que nunca había visto en mi vida era toda atención y estudiaba los rostros, pero lo hacía con discreción. Se escuchó a lo lejos el ruido del camión de la basura y otra vez se instaló el silencio de la noche.
Mi mujer (la reventada), le echaba espumosas miradas a mi socio (la basura), quien persistía en una sonrisa viboreante, conteniendo una carcajada.
- ¿Estás ahí Freitas? Si estás ahí, danos una señal.
Lo pensé un momento. Por mí se podían ir todos a la mierda. Tiré un par de estatuillas del aparador.
- Pero... -y se contuvo la médium-, siempre el mismo Freitas, la tenés con mis figuras importadas...
Una pequeña risa de nariz se le escapó al ayudante.
La reventada, por su parte, estaba pálida del susto y había dado un grito agudo y filoso; miró a la médium buscando una respuesta, ésta parecía estar observando el cielo raso. La basura relojeó con disimulo a la mujer que nunca había visto en mi vida y luego se quedó mordiéndose el labio inferior, pensando en algo, mientras mi secretaria me buscaba sin suerte en el aire (la pobrecita fue la única que me quiso en serio).
Y ahora sucede lo extraño, aparezco yo. Pero no soy yo exactamente, es alguien con mi aspecto, un doble, y acaba de materializarse en posición de loto sobre la mesa. La reventada y Doly cayeron al instante con sendos desmayos. Los otros se quedaron petrificados, con la boca abierta del asombro; yo debo haber puesto la misma cara. El círculo de manos se había roto y nadie levantó a las mujeres del suelo.
- Impactante, Freitas -dijo turbada la médium.
El que no era yo giró la cabeza para sonarse el cuello que no sonó.
- ¿Qué hora es? -preguntó al tiempo que daba dos pequeños golpes del índice derecho sobre su muñeca.
La mujer morena se acomodó a la circunstancia con rapidez, en un tosido que cubrió con su mano de dedos largos y flacos.
- Las nueve -respondió.
- ¡Uh! Tardísimo. Bueno, háganme una pregunta y me vuelo.
- ¿Qué lo a llevó saltar por la borda del yate, señor Freitas?
- ¿Quién es usted?
- Ana Collins, trabajo para la compañía de seguros.
- Sencillo, señorita Collins, salté por los tiburones.
Mi figura se desvaneció.
La basura sacó un paquete de cigarrillos del bolsillo interior de su saco y encendió uno entre el temblor y sus manos. Las volutas de humo comenzaron su danza sobre la mesa y se expandieron hacia los rincones del cuarto.
El ayudante tomó conciencia del cuerpo de Doly que yacía a un lado de la mesa y se apresuró en improvisar algún tipo de socorro. La reventada sufría la indiferencia colectiva y permanecía inconsciente.
- Eso es todo -dijo la médium.
La señorita Collins sacó una libreta de su cartera, anotó algo con escritura rápida, se despidió y se fue; dijo algo de una cita en el teatro y que la función estaba por comenzar.