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asfalto perdido, por Gus Jiménez

Archivado en: 2. Relato


jobard y abegg. de clase, compañeros de clase. discuten -hablan-. hablan sobre la distancia que hay entre el cabo de matxitxako y un pueblo andaluz con casas encaladas, de nombre frigiliana. jobard afirma 152.52 leguas de distancia empezando aquí y terminando allí, y viceversa. abegg dice que no. que la distancia es 850 mil metros, que vienen a ser 850 kilómetros.

pero jobard, si 152.52 leguas equivalen a 850 km...
orduan zer?
orduan lotsa.
lotsa.
alguien le ha visto caer?
lotsa.
y silencio.
mudo de espasmo.

y estoy cansado -avergonzado- de no aprender que la misma distancia se puede medir de distintas maneras. no llegar a aprehender (con hache) la esencia de las cosas porque su forma atrae traicioneramente mi atención con prisas. eta horregatik idazten dut, para escribirme y así llegar a ser desenredado.

es la incertidumbre dentro del terror dentro de la inseguridad dentro de la distensión dentro de la alegría dentro de la excitación dentro de la exploración dentro del miedo dentro del final -socorro-. es solo que espero que estemos midiendo el mismo camino. es los mails que no te he mandado y que quizás algún día te llegue a escribir y es recordar mil vidas dentro de una sola y escuchar con devoción las historias -narradas- que se cuentan pero no siempre se llegan a entender.

y hay veces que uno siente como si estuviera asfaltando las colinas y los valles y las llanuras y las tierras todas de una isla virgen en la que no hay más que escorpiones al borde del suicidio y plantas yermas y en fin, nada de gentes, y por eso los caminos y con ellos el asfalto y con él el trabajo y con este los deseos y las metas se vuelven vacíos -sin sentido-. y esto solo es la disección literaria de una sensación que a ratos me saluda, pero nada más. hay que imaginárselo dicho... con alegría, porque estás cosas son las que hacen la vida. y donde la vida explota la muerte no tiene lugar. en el momento en que la vida se desparrama, se abalanza sobre ti, como una marea de crema, y te cubre y te baña, es cuando la muerte no tiene cabida -tan inútil como un examinador de autoescuela en una sala de partos-, y eso es fiesta, la tristeza narrada con placer y los nudos en las relaciones y los desenredos y las pelotas encontrándose con las paredes y bajar por las aguas de un río con distintas aguas y distintos tramos, y no montarse en el tren dispuesto encima de los plateados raíles del destino, esos que nos llevan rectos y disparados como proyectiles hacia el infinito, un infinito escrito y no leído.

sin confundirse, hacer tramos de vida montado en la velocidad calma de un tren puede ser tan necesario como llevar en el bolsillo irrompibles canicas mientras se soplan las inciertas bolas de cristal.


Escrito por N.R.S. El 01/04 a las 10:32
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