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I
Aquella vez fue el salto de un tipo al vacío. Recuerdo haber visto sus ojos, antes de caer sobre esas baldosas con dibujos barrocos.
Estaba inmovilizado. Sentí que la tragedia era sólo una palabra. Atónito, no pude siquiera un grito, el esbozo de la mano que no va a llegar pero lo intenta.
Busqué salirme de la distancia entre ambos, pero fue en vano. Bajo la tenue luz de la noche, el silencio se inmiscuía posesivo, abrasador.
No miré hacia abajo. Y me sorprendió el hecho por el cual la vida en el edificio siguió, tiempo después, como si nada.
Tampoco tuve el coraje de preguntar.
Cerré la ventana y, ya insomne, me quedé hasta el otro día maldiciendo a Dios, quien quiera que fuese.
En las noches sucesivas también me costó dormir. Mi cama era testigo del suicidio. A veces, en plena madrugada, me sorprendía rememorando esos ojos claros, casi translúcidos que, en el instante último, habían mirado tan dentro de mí.
Hasta sentí un dejo de culpa.
Recuerdo cómo, en esos tiempos, intenté el método del olvido.
Pero cuando la armonía parecía llegar, solidificarse en un vaso de Cointreau, ocurría de nuevo. A través de la ventana lindante con los patios interiores, mis ojos se atrevían a ese momento infame, una marioneta, una fosa en blanco y negro, un fondo hecho cielo...
Al borde casi de la desesperación, trataba de acentuar la imagen del vaso entre mis dedos, ansiaba creer que mi vida era sólo un sueño.
Una imagen.
Sólo eso.
II
Fue en esa época cuando la señora de Vera comenzó a venir.
Ella era pequeña y de contextura fuerte; con su mirada maternal me inspiraba una confianza perdida hace mucho.
Además, no había horarios que respetar, y podía sentir su presencia con sólo escuchar la puerta del ascensor.
Por un tiempo, mi habitación de la calle Olleros fue como cualquier habitación en cualquier sitio de cualquier ciudad. El entorno ya no se disparataba hacia ese territorio confuso, inexplorado. Emprendíamos largas caminatas. Una vez le conté cómo, al ver las copas de los árboles, algo se apretaba en mí, intuía en sus infinitas ramas la metáfora de mis pensamientos.
Recuerdo el momento cuando, luego de una de estas confesiones, la señora de Vera, de repente, me puso una mano en el hombro, sujetándose, como si algo se desmoronase. Me asusté y la tomé por la cintura para que no se cayera. Me preguntó si no me sentía cansado, pero no supe qué contestarle.
Después seguimos caminando como si nada hubiese ocurrido, hablando del tiempo y esas cosas. Pero al llegar al departamento, antes de irse y con la voz quebrada, me dijo que no podía seguir con esto.
III
Luego de esta charla, la señora de Vera cambió. Se comportaba de una manera extraña, como si cada palabra o pensamiento fuese liberado con temor. Entreví una posible solución: ayudarla.
Fue aquel 11 de octubre del 95 cuando, ensimismados en una tarde insoportable, decidí entonces correr las cortinas y mostrarle los patios interiores.
Instantes después se iba, movediza y sagaz como un zorrino.
IV
Debo admitir mi miedo de hablar acerca del tipo, tal vez la señora de Vera me culparía de algo. Era una persona sensible. Aun así, debía investigar ese mundo oscuro, ese Buenos Aires que no salía en las postales.
Una mañana, después de elaborar una concienzuda estrategia, decidí actuar.
Lo primero fue comprar dos enormes lámparas en un negocito de la calle Libertad. Las imaginé fulgurantes, colgadas del techo y el encierro.
Necesitaba luz.
Mientras volvía, noté cómo toda esa poesía exterior escapaba a mi gusto filosófico. Ya no vi en las calles el desafío de cada día. Supuse que los caminos secretos y los recovecos insondables de este malentendido se abrían, finalmente, detrás de mi cama.
Caminé horas. Percibí una red de ilusos tejerse en la ciudad, ilusos del desdén, ilusos padres e ilusas madres, ilusos aburridos y plazas con ilusos ancianos y chiquitos también.
Sí, debía evitar la invasión bárbara a través de mi conciencia tubular, mis alas de alquimia, mi ciencia subterránea.
Una de mis grandes ideas fue cambiar los muebles de lugar. Crearía un nuevo espacio ante esa ventana que me traía dolor. Colgadas las lámparas, ausentaría la rutina y conocería, al fin, los patios interiores. Cuando viniese la señora de Vera se sorprendería; imaginaba sus ojos verdes a punto de estallar.
Pero la tarea no fue fácil.
Y la señora de Vera, por alguna razón, dejó de venir.
V
Aunque los días se hicieron más largos, los patios interiores siguieron peleándole a las lámparas. Y los muebles, rectos y cómplices silenciosos de mi lucha, redondeaban sus formas en la oscuridad.
Mi dolor era el dolor del que comprende demasiado. Me sentía solo en medio de millones de caras ahí afuera. El tipo, por aquel entonces, había vuelto a morir sus noches en las mías. Dejé al lado de la cama un lápiz y un papel para anotar cada nuevo detalle, la forma de sus ojos, el color de la ropa...
Mientras, decidí llamar a la señora de Vera. Estaba seguro de que si le explicaba el asunto, comprendería el sentido. Tal vez, algún día, hasta buscaríamos juntos lo eterno, lo invisible.
Pero, inexplicablemente, no pude encontrarla en ningún momento. La señora de Vera era una voz grabada quién sabe cuándo. Tendría que verla personalmente.
Extrañaba esas charlas más allá de nuestro pensamiento. Le llevaría también las anotaciones acerca del tipo.
Debía saber.
VI
Era una mañana calurosa. Desayuné y, dispuesto a todo, salí. Después de la puerta y el ascensor y el pasillo y la puerta después del pasillo, esperaba algo más que un encuentro.
Recuerdo que llegar a la casa de la señora de Vera fue como uno de esos viajes que uno hizo de chico, con rutas borrosas, circos y playas lejanas.
Sin duda, la poesía exterior ya no era más que eso.
Frente a la puerta de la casa sentí un ligero escalofrío. Había confiado en ella y quería seguir haciéndolo, pero me sentía molesto por su actitud, abandonarme... ¡así como así!
Saqué del bolsillo las anotaciones y toqué el timbre.
Al rato, apareció la señora de Vera.
Estaba desmejorada. Me miró con un gesto muy cercano al pánico y apenas pude lograr que no me cerrase la puerta en la cara.
Cuando quise contarle lo del tipo, me interrumpió diciendo que ya no podía soportar tanto dolor y que, en la medida de lo posible, la disculpase por su desaparición repentina. Le dije que por supuesto y percibí, en lo más íntimo de mi ser, su deseo de negar algo cuya esencia los dos sospechábamos.
Nos miramos.
Poco a poco fue tranquilizándose, sequé sus lágrimas con mi pañuelo y casi sin darme cuenta le di un beso en la mejilla. Luego me invitó a pasar. Miré con detenimiento a mi alrededor: la casa tenía un aspecto realmente extraordinario, del techo colgaban un sinfín de lámparas, algunas parecían ser muy antiguas. Supuse que nunca sería de noche para ella.
Finalmente, pasamos la tarde juntos, una tarde similar a las vividas en el departamento de la calle Olleros. En el aire flotaban nuestras historias, nuestras alegrías y también nuestras miserias. Nos reíamos, nos respetábamos, nos teníamos. En un momento, la señora de Vera me tomó de la mano y me llevó por un corredor angosto y lleno de lámparas. Entonces llegamos hasta el fondo de lo que parecía ser un comedor de época; nos detuvimos y, la señora de Vera, con una sonrisa radiante y que jamás olvidaré, corrió las cortinas.
* Este texto es el primer relato del libro
"Los patios interiores" publicado en 2003 en Buenos Aires
por la editorial Libris de Longseller, en la colección "Los inéditos",
de la que es responsable el escritor argentino Dalmiro Sáenz.