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Merche: Mujer, treinta años. Hija de Adela.
Adela: Mujer, cincuenta y cinco años. Madre de Merche.
(Sólo la parte izquierda del escenario está iluminada. Vemos un salón de un piso cualquiera de Madrid. Un sofá de tres plazas, enfrente la televisión, de espaldas al público. Un viejo armario, Cuadros espantosos. Merche, una mujer de treinta años, delgada, morena, sentada en la parte derecha del sofá se cubre la cara con las manos. A su lado su madre, cincuenta y cinco años, rubia teñida, bajita, aspecto de señora dulce, mira la televisión.)
Merche.- (Levanta la cabeza de entre las manos.) Mamá, por favor, me lo puedes explicar otra vez, a ver si soy capaz de entenderlo.
Adela.- (Sigue mirando la televisión.) ¿Explicar qué, hija?
Merche.- (Furiosa coge el mando de la televisión, la apaga.) ¡Mamá! Me lo quieres... ¡¿me lo quieres explicar de una vez?!
Adela.- Merceditas hija, no me hables así... (Enciende la televisión.)
Merche.- (Se levanta violenta.) ¡Te he dicho mil veces que no me llames
Merceditas! (Enciende un cigarro y camina hacia el lado oscuro de la habitación.) Mamá, yo tengo mi vida, mi casa, mi marido, quiero a José, tengo... tenía una vida. Mamá, ¿qué has hecho?
Adela.- Hija por favor... si lo hago por ti. Sabes que lo único que quiero es verte feliz.
Merche.- (Llega al lado oscuro del salón. Se ilumina. Vemos un cadáver en el suelo. Sangre. Una mesa camilla con varias cosas encima y dos sillas. Los cuadros de la pared son horribles. Detrás de la mesa una puerta. De fondo el televisor dice cosas que no llegamos a entender bien.) ¡Mamá!. (conteniéndose) ¿y realmente crees que ahora soy feliz?
Adela.- Claro cariño, puede que ahora no te des cuenta...
Merche.- (Explotando.) ¡No soy yo la que no me doy cuenta!, ¡eres tú!, mierda ¡eres tú quien no se entera de nada, tú! (Señala el cadáver y el charco de sangre sobre el suelo.) Has matado a un hombre. ¿No lo entiendes? Has matado...
Adela.- (Cortante.) Ya lo sé. (Sonríe y suaviza el tono.) Tú todavía eres muy joven. Pero pronto entenderás que es ley de vida, la gente muere, nos abandona, siempre es lo mismo. (Merche empieza a llorar.) Yo misma algún día moriré, es mejor que vayas haciéndote a la idea.
Merche.- (Sigue llorando, parece no haber escuchado nada de lo que su madre ha dicho...) Irás a la cárcel...esto es asesinato, Mamá!... Y es que no podré hacer nada por ayudarte... (se arrodilla frente al cadáver.)
Adela.- No le des tanta importancia. Sólo lo sabemos tú y yo. (Se acerca hacia ella.) Y yo no voy a decírselo a nadie cariño. Será como antes. Será un secreto entre nosotras dos. (Aprieta contra su vientre la cabeza de su hija.)
Merche.- (Aceptando el gesto y entre sollozos.) Quisiera... tenemos que pensar. Como antes... como antes...(empujando a su madre, histérica.) ¡Era mi marido! Nos queríamos. Siempre tienes que meterte en mi vida. Nunca te gustó. Ni has soportado la idea de que yo fuera feliz lejos de ti.
Adela.- Anda, descansa un poco. No sabes lo que dices.
Merche.- Al contrario, nunca... nunca lo he sabido mejor. Estás... (apaga el cigarro nerviosamente) ...me das miedo.
Adela.- (Vuelve al sofá. Mirando la tele.) Me encanta este programa. Es el único que habla de lo que nos interesa a la gente normal.
Merche.- Voy a llamar a la policía. (Silencio. Durante unos segundos no se mueve ninguna de las dos. Finalmente Merche descuelga el teléfono. Marca. Espera unos segundos y vuelve a colgar.) Tienes que entregarte. Alegaremos algo, no sé... locura transitoria. La gente de la oficina nos ayudará, se encargarán de tu defensa. Con suerte no irás a la cárcel.
Adela.- Buena gente esa del gabinete ¿verdad?. Ya te lo decía yo. Deberías haberte casado con ese abogado tan importante. ¿Cómo se llamaba?
Merche.- (Brusca.) ¡Pero no lo hice Mamá! Me casé con Jose porque era a Jose a quien quería.
Adela.- ¿Alberto verdad? Alberto Ruiz. Eso es. Sin duda llegará lejos. Bueno, sigue soltero ¿no?, aún estamos a tiempo.
Merche.- (Abofeteándola.) ¡Mamá, quieres volver al mundo real! Esto es muy serio. Tú... no podrías sobrevivir en la cárcel. Es terrible. ¡Despierta de una vez! (Adela la mira con sorpresa sin saber encajar las bofetadas.) Yo... (arrepintiéndose) ...tengo que protegerte.
Adela.- No te preocupes por mí. Soy yo quien te va a cuidar. Como siempre lo he hecho.
Merche.- ...ya no sé que pensar...
Adela.- Era un cerdo. No volverá a hacerte daño. Nunca más.
Merche.- (Levantándose como iluminada.) Tengo algo de dinero ahorrado. (Corre hacia el cajón del armario y empieza a rebuscar frenéticamente.) Haz las maletas, puedes coger un avión esta misma noche a cualquier sitio. Yo me ocuparé de todo. Puedo llamar a la policía dentro de unas horas. Dos horas estará bien. Para cuando quieran buscarte ya estarás muy lejos.
Adela.- Pero hija , ¿donde voy a ir yo sin ti? ¿y quien va a cuidarte? No, no. No vamos a separarnos nunca.
Merche.- Madre, si no te vas van a hacerte mucho daño. ( Se acerca y acaricia su mejilla.)
Adela.- Nunca me llamas así.
Merche.- ¿Cómo?
Adela.- Madre. Es muy frío. ¿No te parece?
(Pausa. Merche mira a su madre como si no la reconociera. Retrocede asustada. Se gira y mira el cadáver. Se acerca a la mesa, coge un cigarro y lo enciende nerviosa. Rodea el cadáver mirándolo fijamente. Se detiene y sigue en silencio unos segundos, fumando.)
Merche.- Está tan pálido. (Se arrodilla y lo acaricia.) Me ha hecho llorar tanto, nunca he sabido si realmente me quería, y ahora... no sé. No sé por qué, no sé, pero ya no soy capaz de seguir llorando. Lo veo ahí... muerto... en el suelo; creo que ya no siento nada. Vacío, quizá sólo vacío.
Adela.- Merceditas (silencio.) Merceditas, siempre estuvo engañándote. No se merece que pienses más en él.
Merche.- (Muy lento, levantándose.) Te he dicho que no me llames Merceditas. (Brusca, agarrando su brazo.) ¡Márchate ahora mismo! ¡Ya deberías estar lejos de aquí! Cógelo, (le ofrece el dinero) es todo lo que tengo. Con esto podrás vivir un tiempo.
Adela.- No pienso irme a ningún sitio sin ti. Y no hablemos más de este asunto.
Merche.- Intenta, por lo menos, no estar aquí cuando llegue la policía.
Adela.- Esta es la casa de mi hija y nadie va a hacer que me vaya de aquí. Tengo todo el derecho.
(Silencio.)
Merche.- (Suspirando.) ¿Era un cerdo verdad?
Adela.- (Mirando la tele.) Sí, sí que lo era hija.
(Sigue sonando la voz del locutor, grave y cansina. Merche observa a su madre un momento. Luego arrastra el cadáver por la puerta del fondo. Adela continua mirando la televisión. Merche vuelve a entrar con una maleta y el abrigo puesto. Descuelga el teléfono y marca.)
Merche.- Sí (...) quería hacer una reserva(...) Mercedes Alcántara (...) para Canberra (...) dos billetes, sólo ida. (Cuelga, silencio.)
Adela.- ¿Eres feliz Merceditas?
Merche.- Merche Mamá. (Apaga la tele y ayuda a su madre a levantarse.) Sí, sí lo soy.
(Oscuro.)