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Pasé toda la tarde y toda la noche buscando a Andrea. Tenía que encontrarla pronto. Había comprado una caja enorme de chocolate y unos zapatos plateados del número treinta y ocho. Iba a pedirle que nos fuéramos a vivir muy lejos, juntos, solos, daba igual a dónde. Andrea, Andrea, Andrea.
Debían de ser ya las nueve cuando pasé por casa de su madre para que me ayudara a encontrarla. Llamé al telefonillo y bajó con zapatillas de osos y un chándal azul. Entró en el coche. No paró de hablar durante al menos veinte minutos, y no, no nos habíamos enfadado, aún no hemos colgado las cortinas de la sala y vamos a ir el domingo a comer, o a cenar. Dimos vueltas por toda la ciudad; fuimos a su trabajo, no había ido hoy: fuimos al parque, fuimos al bar donde nos vemos la noche de los viernes, fuimos a casa de su amiga Julia, tampoco la había visto y no, no nos habíamos enfadado, y sí, le rocé el culo y la llamaré un día cuando Andrea esté de guardia, creo que su madre se dio cuenta. Andrea, Andrea, Andrea. Tenía que encontrarla, se iba a derretir el chocolate, íbamos a perder el avión, ¿a dónde? No sé, a donde ella quiera. Donde tú quieras amor. Y su madre que no paraba de hablar. Pasamos por la calle de las putas, despacito, aquí no va a estar hijo, lo sé, lo sé, déjame. Me dolía la cabeza. Y sí, puede que nos hubiéramos enfadado un poco, ella demasiado.
Solté a la madre enfrente del portal y bajé para tomarme otro whisky. En el bar guardé los chocolates bajo el abrigo, balanceé los pies que me colgaban del taburete y regalé los zapatos plateados a la camarera Lucy. Le quedaban pequeños, tenía los pies grandes y muy suaves. Volví al coche, tenía que encontrarla.
Abrí el maletero y vi a Andrea, ¿nos vamos amor?, moví su cabeza, asintiendo. Le metí un chocolate en la boca. Nos fuimos esa misma noche, lejos.